DISCURSO DEL CANCILLER
Honorífica Orden Internacional del Mérito
Madrid, 26 de septiembre de 2026
I. EXORDIO
Presidente, Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades, distinguidos amigos de la Orden, damas y caballeros:
Cuando tuve el honor de dirigirme a ustedes por primera vez desde este atril el pasado 30 de mayo, les hablé del tiempo confuso que nos ha tocado vivir y de la meritocracia como respuesta. Esta noche quiero hablarles de algo complementario y, si me lo permiten, incluso más exigente: no de aquello que defendemos frente al mundo, a lo que ya dediqué mi anterior intervención, sino de lo que somos entre nosotros y de lo que estamos llamados a ser en el futuro.
Séneca escribió a Lucilio una sentencia que debería presidir toda institución que se tome en serio la excelencia: «Longum iter est per praecepta, breve et efficax per exempla» —largo es el camino de los preceptos; corto y eficaz, el del ejemplo—. No hemos venido a proclamar doctrinas clásicas, pero en los clásicos está mucha de la sabiduría que hoy podemos alcanzar. Hoy hemos venido a señalar ejemplos, a condecorar personalidades que con esfuerzo y sacrificio son merecedoras de un reconocimiento que, muchas veces, la sociedad civil no entrega como debiera. Cada una de las personas que esta noche reciben nuestra condecoración es, precisamente, uno de esos caminos cortos hacia el bien: una vida que enseña más por lo que ha hecho que por cuanto pudiéramos decir de ella. Sin duda todos los caballeros y damas hoy condecorados tienen historias de vida rigurosamente ejemplares, al menos en lo que hemos podido averiguar en las investigaciones previas incorporadas a sus respectivos expedientes. Con ellos, seguiremos creciendo, sumando, construyendo un grupo humano excepcional, una auténtica élite humana en estos momentos de mediocridad generalizada.
II. LO QUE NO SOMOS
Pero permítanme una franqueza que considero un deber, haciendo uso de la palabra que tengo concedida y su amable paciencia para conmigo. En estos tiempos proliferan las instituciones que confunden el prestigio con el disfraz. Se inventan linajes que nunca existieron, se compran títulos que nada titulan, se recrean con mayor o menor fidelidad liturgias hoy vacías y se fabrican genealogías de utilería para dar aire de antigüedad a lo que nació anteayer. Es la nostalgia convertida en impostura, eso si, multiplicada por el ego sobredimensionado y la falta de escrúpulos. Y algunas de ellas ni siquiera son instituciones, porque ni tienen personalidad jurídica propia ni existen en realidad más que en la mente de sus urdidores y la de los pobres incautos que caen en su seno con tal de lucir una chapa que en realidad nada representa.
Quiero decirlo sin ambages, porque de ello depende nuestra dignidad: esta asociación, a la que llamamos orden como expliqué en la gala del 30 de mayo de este mismo año, no buscando una historicidad de la que carecemos, sino recogiendo la noble intención y el espíritu de hermandad de aquellas ordenes históricas, no es nada de eso. No somos una orden nobiliaria, ni caballeresca, ni pretendemos serlo; no repartimos hidalguías ni fingimos abolengos. No somos una orden hospitalaria ni una orden militar —instituciones dignísimas ambas (naturalmente me refiero a las que cuentan con el marchamo de autenticidad) ante las que inclinamos la cabeza con respeto y gratitud, porque escribieron, con servicio y con sacrificio, páginas altas de la historia—. No somos herederos disfrazados de la caballería medieval, ni cultivamos ensueños románticos ni aspiraciones caballerescas o imperiales de reciente invención. Rendir homenaje a lo que fue grande es un acto de justicia; suplantarlo es un acto de vanidad. Y la vanidad esta institución, en mi opinión, no se la puede permitir, no sólo porque es indigna de ejemplo, sino porque esa fatuidad aún adornada de títulos, no es buen ejemplo para una sociedad demasiadas veces vacía de sentido, superficial e insubstancial.
III. LO QUE SÍ SOMOS: UNA HERMANDAD DEL MÉRITO
Entonces, ¿por qué nos llamamos Orden? Por la más limpia de las razones. Orden, aquí, no significa jerarquía heredada ni cofradía de privilegios: significa un orden moral inspirado en lo mejor de la tradición occidental, una manera de ordenar la mirada sobre el mundo. Somos Orden porque somos hermandad: la hermandad de quienes creen que el mérito existe, que la tradición merece custodia y que el reconocimiento, cuando es merecido, no es adulación, sino justicia.
Ahí residen la pureza de nuestro ideal y la originalidad de nuestro enfoque, atemporal y por tanto, perfectamente aplicable a nuestros días. No pedimos a nadie que demuestre de dónde viene, sino qué ha hecho. No miramos la cuna, miramos la obra. En un mundo saturado de apariencias, hemos elegido lo más raro y lo más difícil: atender a la sustancia, al fondo real del mérito que suele ser el sacrificio, la iniciativa, el foco y el tesón. Nuestra única heráldica es la trayectoria; nuestro único pergamino, los hechos acreditados con una vida meritoria y ejemplar; nuestro único blasón, el mérito acreditado con los hechos.
IV. NUESTRO VIGOR Y EL DEBER DE PERDURAR
Y quiero reivindicar en este momento del discurso, con serena confianza, algo que nos distingue: nuestro vigor. En muy poco tiempo, las iniciativas que parten de este foro han tenido enorme repercusión y no sólo en las redes sociales. Y esto ocurre, con la ayuda de Dios, porque nos guía la diplomacia y la buena fe, motivo por el cual, intentamos sumar y no dividir, unir y no separar. Pero, además, porque tenemos claro que el futuro necesita de iniciativas como la nuestra. Muchas instituciones, incluso las más respetables, envejecen mirándo el pasado hasta petrificarse; se convierten en museos de sí mismas, celosas guardianas de una llama que ya no calienta a nadie. Otras, sin embargo, mantienen viva su esencia conscientes de que toda obra humana necesita renovarse para no sucumbir. Y las más excepcionales, como nosotros mismos, nacen conscientes de que el futuro de la idea está en incorporar con generosidad perfiles diversos que coincidan en lo esencial, en no renunciar jamás a lo esencial de la tradición, pero pensando en el mundo actual. Existe una imagen feliz —atribuida a Gustav Mahler, aunque de paternidad discutida— según la cual la tradición no es la adoración de las cenizas, sino la conservación del fuego, aunque en momentos adversos éste sea solo un pequeño rescoldo, ya que en momentos favorables, ese rescoldo puede convertirse de nuevo en vigoroso fuego si alcanza a tener en derredor madera nueva y no quemada. Esa distinción lo es todo. Nosotros no estamos en la Honorífica Orden Internacional del Mérito para adorar cenizas: venimos a mantener encendido un fuego, el fuego de la meritocracia, porque un fuego que no se transmite se apaga. Y por eso un grupo humano que se precie de valorar el mérito contrae una obligación ineludible que no es otra que perdurar. Y no se perdura por decreto ni por inercia, sino incorporando savia nueva, madera llena de vitalidad y energía en su interior. Tengamos claro que una hermandad que no se renueva podrá ser venerable o no, pero seguro es terminal.
V. LA SECCIÓN DE JÓVENES: EL MÉRITO QUE VIENE
Y del mismo modo que en nuestro anterior evento les anunciábamos nuestro decidido impulso a CORO, el Consejo Honorífico de Relaciones con las Ordenes, donde generosamente damos todo el protagonismo a otras instituciones que deseen como nosotros sumar y construir, en este caso formulo dos nuevos anuncios, iniciativas que hoy tengo el privilegio de anunciarles. Es propósito firme de la Orden abrir una sección dedicada a los jóvenes: a hombres y mujeres menores de cuarenta años cuya trayectoria, aún en marcha, revela ya la madera del mérito. Será un rango de ingreso —una primera distinción, deliberadamente inicial— concebido no como recompensa a una obra concluida, sino como acicate a una obra que empieza.
Cicerón nos legó, en su tratado sobre la vejez, un verso —tomado del poeta Cecilio Estacio— que resume nuestra intención mejor que ningún reglamento:
«Serit arbores quae alteri saeclo prosint»
«Planta árboles que aprovechen a la edad venidera»
Reconocer a un joven prometedor es exactamente eso: plantar un árbol cuya sombra no disfrutaremos del todo nosotros, sino la Orden que nos sobreviva. Es el más desinteresado y, a la vez, el más inteligente de los gestos, pensando en el bien de nuestra institución y de la sociedad civil en cuyo seno nace.
No se equivoquen sobre la naturaleza de este rango. No rebajamos la exigencia: la anticipamos. No regalamos el mérito: lo estimulamos allí donde apunta con fuerza. Píndaro pedía a su discípulo que llegara a ser el que ya era —«llégate a ser el que eres, una vez que lo hayas aprendido»—. A eso invitamos a nuestros jóvenes: a convertirse, con esfuerzo y con tiempo, en la plenitud de lo que su talento promete y sus méritos iniciales apuntan. Y les tendemos la mano antes de que lo consigan del todo, porque sabemos —lo sabemos creo yo todos los que estamos aquí reunidos— cuánto vale un reconocimiento que llega temprano, cuánto ayuda a consolidar nuestra confianza, cuando todavía se puede cambiar el rumbo de una vida.
Ese será el sentido de lo que hemos dado en llamar el Mérito Emergente: la puerta por la que la Orden dejará de ser solo un grupo de hombres y mujeres distinguidos y ejemplares en su trayectoria para, de algún modo, empezar a ser también lo que seremos.
Y la segunda novedad, ya implementada en esta misma convocatoria, es premiar como merecen los periodistas que no callan, que investigan y trabajan con denuedo por un mundo en el que la libertad de información sea un hecho. Saben ustedes que nuestra institución se abstiene de pronunciamientos políticos y de hecho excluimos a los políticos de nuestras convocatorias, no porque no los haya meritorios, que alguno queda, sino para no caer en modo alguno en la polarización política. Sin embargo, quienes defienden la libertad de expresión, quienes con sus reportajes y medios permiten que la información veraz se difunda, en estos tiempos tan duros para la verdad, merecen también su propio protagonismo en nuestro entorno. Bienvenidos especialmente aquellos que a través de la pluma y la palabra contribuyen cada día a preservar la integridad de la sociedad con fuentes auténticas que reflejan lo que ocurre.
VI. PERORACIÓN
Señoras y señores, concluyo que no es mi deseo aburrirles. Una institución no se mide por la antigüedad que exhibe, sino por el futuro que es capaz de merecer. Podemos estar orgullosos de nuestra pureza —nada debemos a la impostura—, de nuestra recta intención — pese a las críticas que podamos recibir por defender valores y principios que no están de moda—, y de nuestra originalidad —no imitamos a nadie—. Pero el orgullo, si no se traduce en obra, se corrompe en soberbia. Y nuestra obra, a partir de esta noche, tiene un doble propósito: honrar a quienes ya lo han merecido y abrir camino a quienes lo están mereciendo.
A quienes hoy reciben nuestra distinción: gracias por darnos el mejor de los argumentos, que es el del ejemplo. A los jóvenes que un día ocuparán estos asientos, que sepan que los estamos esperando, y que la exigencia con que habremos de recibirlos es la forma más alta de respeto que sabemos ofrecer. Y a los periodistas de bien, a quienes no se venden y combaten por poner de manifiesto la verdad de las cosas en estos difíciles tiempos postmodernos, todo nuestro reconocimiento, estima y valoración. Todos los embajadores y miembros de HOIM con autoridad para proponer candidatos a las condecoraciones, tengan presente que ese es nuestro deseo y firme voluntad.
Mantengamos, pues, el fuego vivo. Pasémoslo de mano en mano, sin permitir que se enfríe una sola noche. Porque una hermandad del mérito solo tiene una manera honrosa de durar: merecerlo cada día y asegurarse de que haya siempre alguien más joven, más audaz y más capaz dispuesto a merecerlo mañana.
He dicho. Muchas gracias.